18 octubre 2010

Primer encuentro entre Aly y Aarón

Capítulo 4
(Fragmento) 

 Aarón entró en la oficina de Aly con estrépito y de la misma manera cerró la puerta tras de sí.
Alysson levantó la vista y lo vio: era notorio que ardía en furia. Y se veía tan o más guapo que esa mañana si es que eso era posible. Su porte era la de un tigre que está a punto de atacar, como si en un segundo fuera a saltar sobre ella para devorarla.
Aly sintió calor al pensar en la boca de ese hombre devorando la suya, en su cuerpo devorando el suyo.
—¿Cómo se atreve a entrar de esa manera a mi oficina? —reclamó la joven poniéndose de pie, haciendo a un lado sus pensamientos y la reacción física ante el hombre.
—Yo entro donde se me da la gana —dijo él avanzando hacia ella.
Aly sintió que su cara se sonrojaba de la furia.
—¿Quién se ha creído? —preguntó ella avanzando hacia él.
—No me creo nadie, soy el mejor arquitecto de esta empresa y de paso de este país y no voy a permitir que una simple principiante como usted me rete de la manera en que lo hizo esta mañana.
Así que de eso se trataba, pensó Aly. Su orgullo herido todavía reclamaba restitución.
—Y yo no voy a permitir que humille a un pobre joven por algo que no tuvo la culpa.
Aarón la observó por unos segundos antes de responderle.
Se veía absolutamente hermosa así, con el rostro enrojecido por la furia y sus ojos verdes echando centellas de ira; y tan valiente, como si no le tuviera miedo a nada ni a nadie. ¿Por qué tenía que ser tan bella y tan briosa? Quiso tomarla en sus brazos y sacudirla hasta que se doblegara a él, hasta que le pidiera que la besara.
—No tiene por qué meterse en lo que no la llaman. El incidente era asunto era entre ese hombre y yo —dijo él.
—No soporto la injusticia y cuando veo que se comete no puedo evitar callarme.
—Más le vale que se calle si no quiere tener problemas: ese joven ahora anda repitiendo ante cualquiera que lo quiera oír cómo  la nueva arquitecta tuvo el descaro de hablarse al mejor de todos; y créame que yo no salgo bien librado en ese cuento.
Con que ese era el motivo de su nuevo enfado: seguramente el muchacho había contado los hechos y ahora todos estarían hablando mal de Aarón. Aly no pudo evitar sonreír al pensar en que a ese hombre le habían dado donde más le dolía: el orgullo.
—Se lo merece —dijo Aly—. Una persona que no respeta a los demás y que humilla como usted lo hace merece no salir bien librado en ninguna parte.
—¿Cómo se atreve? —preguntó él frunciendo el ceño al ver la suave sonrisa: quiso borrarla con un beso—. De verdad que es usted imprudente y temeraria.
—Soy justa y defiendo a quienes se ven humillados por personas prepotentes y arrogantes como usted. Y si se presenta el caso de nuevo, lo volveré a hacer.
Aarón estaba cada vez más sorprendido.
Era inaudito.
—Le advierto: no se cruce en mi camino nuevamente porque le va a pesar.
—No le tengo miedo —dijo ella desafiante.
—Pues debería.
—Y usted debería salir inmediatamente de mi oficina, pues no le doy el permiso para permanecer aquí.
—No tengo que pedirle permiso ni a usted ni a nadie para ir por donde se me dé la gana.
Aly estaba estupefacta. Y también cansada. Ya no quería pelearse más con ese hombre, y ya no quería sentir más esa atracción hacia a él a pesar del cruce verbal ofensivo.
—Deje las amenazas que no me dan miedo y salga de aquí inmediatamente.
—Usted no puede obligarme a salir si no quiero —dijo Aarón acercándose más a ella.
—¿Ah no?
Aly avanzó hasta quedar frente a él, decidida a hacerlo salir de una manera o de otra. En ese momento estiró sus manos y las puso sobre el pecho masculino para empujarlo y forzarlo físicamente a salir del lugar. Tenía tanta furia que no pensó que él era más alto y más fuerte que ella, sólo quería obligarlo a dejarla en paz.
—¡Fuera de aquí! —dijo ella mientras trataba, con todas sus fuerzas, de obligar a Aarón a salir.
Pero él era demasiado fuerte y poderoso: los esfuerzos de Aly eran admirables, pero sólo provocó que él se tambaleara un poco.
Sin decir nada, Aarón tomó el control del forcejeo. Cerrando fuertemente sus dedos sobre las muñecas de Aly y la haló hacia sí. En un segundo, el cuerpo femenino quedó apoyado sobre el del hombre.
La joven dejó de forcejear. Sentir ese cuerpo caliente pegado al de ella no traía consecuencias positivas: más bien le hacía volver a vivir el calor del que había sido víctima antes. Levantó su rostro y allí estaba el de Aarón, a pocos centímetros del de ella, con esa boca de labios carnosos y esos ojos dorados que la miraban con… ¿deseo?
Aarón sintió que su verga reaccionó ante la inminente cercanía de esa mujer así como en la mañana o como cuando volvía a recordar su cuerpo perfecto. Esta vez no pudo controlar la erección; ni siquiera lo intentó, pues no quería. Podía sentir sobre él las redondeces perfectos de los pechos y los suaves muslos femeninos.
Y cuando ella levantó su carita hacia él, con esos labios entreabiertos y esos grandes ojos expectantes sucedió: la beso.


Los labios de Aarón se posaron sobre los de Aly mientras le soltaba las muñecas y la tomaba con una mano por la nuca y con la otra por la cintura. En cuanto los labios de la joven se abrieron, la lengua de Aarón colonizó la húmeda y tibia cavidad bucal y probó la dulzura que llevaba anhelando varias horas.
La lengua intrépida encontró su homóloga y comenzó a lamerla para degustar la exquisitez. Era tan suave y tenía un sabor tan fabuloso que el beso se intensificó. Aarón pegó más su boca a la de ella y comenzó a succionarla con más pasión que nunca, y para su deleite la mujer respondió con igual pasión.
Para Aly fue sorpresivo ese apasionado ataque. De estar empujándolo para que se marchara a estar besándolo con deleite habían pasado pocos segundos; y el beso le parecía lo más delicioso que había probado en su vida. Su cuerpo se preparó rápidamente: el fuego líquido pareció fluir de todas partes y concentrarse en su vagina, preparándola para el encuentro que su cuerpo anhelaba.
Nunca antes sentirse entre los brazos de un hombre le había parecido tan erótico. La mano que la sostenía por la nuca era firme, pero no agresiva, y la que la atraía por la cintura comenzó a moverse sobre ella de manera sensual. Las manos de Aly que antes trataron de empujar a Aarón por el pecho ahora acariciaban esos pectorales fuertes y robustos mientras que su boca recibía los dulces embates de la lengua masculina. Su cuerpo se pegaba al de él con deleite y sin quererlo, su garganta comenzó a  producir gemidos de placer.
Cuando Aarón sintió las manos de la preciosa joven acariciando su pecho y después, cuando en su boca retumbaron los deliciosos gemidos de placer, no pudo evitar darle rienda suelta a lo que su cuerpo le pedía. Sin dejar el plácido contacto con la boca de Aly, Aarón soltó la nuca de la joven y dirigió su mano hacia una de las nalgas de la chica para pegarla más a sí y hacerle sentir su erección.
El gemido de Aly se intensificó al sentirse más cerca de ese calor masculino. De súbito sus manos se deslizaron por el cuello del hombre y sus dedos se enredaron en el sedoso cabello negro para acariciarlo.
Aarón sintió la pasión crecer, si es que era posible. Esa mujer estaba respondiendo a su ardor de la misma manera. Así que el sentimiento era mutuo, la atracción no era sólo de él.
La boca de Aarón se despegó de la de ella para posarse sobre el hermoso cuello femenino y oler el magnífico aroma que despedía esa piel blanca y suave. La lengua de él lamió la delicadeza y se maravilló de su textura. La mano que estaba en la nalga la abandonó para subir y posarse en uno de los abultados pechos y comenzar a acariciarlo por encima de la ropa.
Aly se sentía maravillada. Nunca antes se había excitado tan rápido ni con tanta intensidad. Su entrepierna estaba ahora completamente mojada por los jugos de su excitación. Esas caricias expertas eran las más placenteras que había experimentado nunca: era como si él supiera exactamente donde tocar, donde acariciar y donde lamer. Además ese cuerpo masculino y fuerte le parecía tan agradable al contacto con el suyo, que quiso reclinarse sobre él y no alejarse más.
Y pensar que ese hombre era su enemigo.
Un pequeño destello de lucidez se abrió paso entre la pasión y el placer y se coló en la mente de la joven. Ese hombre que la tocaba y la besaba llevándola a un mundo de placer desconocido para ella era su enemigo.
¿Qué le pasaba? ¿Por qué dejaba que la acariciara así? ¿Qué se creía que era él para hacerlo? ¿Por qué demonios se lo permitía ella?
El destello de lucidez se hizo más grande y entonces Aly recuperó la razón. Saliendo del embrujo en el que había caído, recuperó la fuerza y de un empujón alejo a Aarón que de súbito fue arrancado de la nube de placer.
Aly dio un paso hacia atrás, como si quisiera mostrar de modo físico el arrepentimiento del que era víctima. Entonces Aarón dio un paso hacia ella y de súbito la muchacha reaccionó propinándole una sonora bofetada que la dejó más atónita a ella que a él.
—¿Cómo… cómo te atreves? —preguntó ella con la voz ronca.
Aarón no podía creerlo: de ser la mujer más apasionada y sensual del mundo había pasado a ser la misma arpía de siempre que se atrevía a retarlo y hasta a golpearlo.
—Los dos lo queríamos —dijo él señalando que su ardor no había pasado indiferente ante él. Ahora podría decirle que se alejara y podía haberlo golpeado, pero no era tonto, había reconocido perfectamente la respuesta erótica de esa mujer.
—Claro que no —mintió ella mientras cruzaba sus brazos sobre su pecho con gesto protector y le daba la espalda para alejarse unos cuantos pasos.
—Sabes que sí —dijo él alcanzándola y girándola hacia él, deteniéndola por los hombros—. Tú también lo deseabas: me miraste con esos ojos verdes pidiéndome que te besara, yo sólo hice lo que tú querías.
Aly enrojeció profundamente. ¿Él había podido leer su deseo? No, no era posible. Quizás estaba tratando de entramparla para que confesara lo que no quería confesar: que lo había deseado con toda su alma.
—Déjame, aléjate de mí —dijo ella.
Él sonrió al ver su sonrojo, su nerviosismo.
—No es eso lo que quieres —dijo él con esa voz tan seductora que a ella le hizo temblar el vientre.
—Aléjate de mí —repitió ella.
Entonces la respuesta de él fue tomarla por la cintura y estrecharla entre sus brazos. Ella quedó inmóvil, con sus brazos atrapados entre los dos y sin poder moverlos.
—Suéltame —dijo ella.
La respuesta de él fue besarla de nuevo.
Y este beso fue mucho más apasionado que el anterior.
La boca de Aarón tomó la de Aly y comenzó a succionar los labios con los suyos, pasando de tanto en tanto la lengua sobre ellos. Luego, con dulces caricias, hizo que ella abriera la boca para él y permitiera el acceso a la lengua a la que sin saberlo esperaba con deleite.
Aly no se resistió. No pudo. ¿Cómo resistirse al ataque más sensual y placentero que había tenido su boca? ¿Cómo resistirse a las infinitas ganas de perderse en ese beso, en esos brazos y en ese magnífico cuerpo que la sostenía contra sí como si no quisiera dejarla ir jamás? No pudo evitar responder de la misma manera mientras gemía de deleite. Lo que Aarón le estaba haciendo era maravilloso.
Al sentir la ardorosa respuesta de Aly, Aarón se dijo que no podía esperar más: esa mujer tenía que ser suya en ese mismo instante. De un solo movimiento la levantó y la puso sentó sobre el escritorio, cuidando de que su cuerpo quedara entre las piernas de la joven. La reclinó un poco hacia atrás y se apoyó sobre ella, haciendo que su pene erecto tuviera contacto directo con la feminidad de la mujer.
Aly sintió la presión de ese cuerpo y se sintió deliciosamente sometida. Le gustaba la idea de estar debajo de él, sintiendo la erección sobre su vientre. ¿Cómo sería esa verga? ¿Larga o gruesa? ¿Quizás las dos? ¿Sería venosa o lisa? ¿Cómo sería la cabeza? Deseó poder verla y tocarla.
Las manos masculinas inquietas empezaron a acariciar la cintura de la joven para después subir a los pechos y sopesarlos en sus palmas. Eran grandes y a través de la fina blusa sintió los pezones erectos. Mientras aplicaba el erótico masaje a las preciosas redondeces su boca seguía su exploración de la de ella. La ropa era una barrera insoportable. Aarón desabrochó la blusa rápidamente y sacó los pechos de los confines del sujetador para poder tener acceso a ellos.
La experiencia fue tremendamente sensual para los dos.
Aly sintió las manos enromes y a la vez suaves acariciando la piel de sus senos, palpando con delicadeza y ternura los abultados frutos y pasando para acariciar el valle entre ellos. Luego sintió que sus dedos tomaron los pezones y los apretaron un poco: Aly no pudo evitar soltar un gemido.
Aarón no había visto ni tocado unos pechos más hermosos y más perfectos. Eran tan blancos, tan redondos y tan bellos que quiso abalanzarse sobre ellos para lamerlos, pero se contuvo; hasta que Aly gimió cuando él pellizcó sus pezones. Entonces el control lo abandonó y bajó su rostro hasta el pecho de Aly para lamer uno de los pezones mientras seguía acariciando el otro con sus dedos.
Aly sintió que un mundo repleto de sensualidad la invadía. No podía dejar de gemir, era como si no tuviera control sobre su garganta. Tampoco tenía control sobre el placer que experimentaban sus pechos sus pechos que ahora estaban siendo lamidos por esa boca que los estaba dejando húmedos y brillantes en saliva. Eso hacía que su cuerpo entero ardiera y que su vagina llorara con los líquidos que cada vez parecían más abundantes.
Aarón necesitaba esa mujer ahora, la necesitaba entera y ya. Su verga estaba reventar, y sólo ella podía darle lo que necesitaba.
Pero de repente la pasión se vio interrumpida cuando alguien tocó la puerta y los hizo descender violentamente de la nube de sensualidad en la que los dos habían estado.
—Aly, ¿estás ahí? —sonó la voz de Pottier desde afuera.
La interrupción funcionó como un baldado de agua helada sobre los apasionados amantes.
Aarón dejó de reclinarse sobre Aly mientras ella, con manos temblorosas trataba de guardar sus senos en el sujetador para después abrocharse la blusa. Aarón la ayudó a bajar del escritorio en el que segundos antes habían estado a punto de hacer el amor, y la ayudó a organizar su ropa y comprobar que visualmente no delataran lo que acababa de pasar.
—Adelante —dijo Aarón tratando de que su voz sonara normal.
Pottier entró en la oficina sonriente.
—Aarón, así que estás aquí —dijo el hombre.
—Sí, aquí estoy.
—Me imagino que se están conociendo mejor —añadió Pottier.
No se imagina cómo, pensó Aly.
—Sí, algo así —dijo Aarón—. Pero yo ya me iba.
Aarón comenzó a alejarse, pero Pottier lo detuvo.
—Espera un segundo, lo que tengo que decirle a Aly te interesa, y de paso me evitarás subir a buscarte.
—¿De qué se trata? —preguntó Aarón intrigado.
—Mañana muy temprano habrá una reunión del señor Johnstone con quienes piensan concursar por el proyecto Miraland. Obviamente Aly y tú deben estar allí.
Aarón asintió.
—¿Y qué es lo que quiere Johnstone?
—La verdad no lo sé —respondió Pottier—. Sólo sé que es algo muy importante.
―Está bien ―dijo Aarón volviendo a caminar hacia la puerta―. Entonces mañana en la oficina de Johnstone.
―¿Te marchas? ―preguntó Pottier―. No era mi intención interrumpir, veo que Aly y tu se estaban conociendo.
Aly enrojeció profundamente. ¿Acaso Pottier había notado que ellos…? Trató de mirarse y ver si su ropa o su cuerpo la delataban, pero no vio nada que la comprometiera.
―No se preocupe, Pottier, quizás haya sido mejor así ―dijo Aarón.
Y aunque Aly sabía que así era, no pudo evitar sentirse un poco molesta por lo que había dicho Aarón: ¿acaso no la deseaba tanto como ella a él? ¿Acaso no había sido él quien la había incitado y la había llevado a ese grado de deseo y sensualidad? Era un maldito arrogante: ¿acaso el besarla e incitarla habían sido parte de su torcido plan para vengarse por lo de esa mañana y por lo que ahora se decía en la empresa?
―Sí, así es ―dijo ella hablando por primera vez después de que perdiera el control de su vida―. Quizá fue lo mejor.
―Vaya, Aly, pensé que te había comido la lengua el ratón ―dijo Pottier―. Estabas muy callada.
―Eso le sucede a muchas mujeres cuando quedan frustradas ante la necesidad de algo ―se atrevió a decir Aarón.
―O a las que están molestas con alguien ―se defendió Aly―. No haga caso señor Pottier.
―Si tú lo dices… ―concluyó el hombre―. Es mejor que me retire.
―Yo salgo con usted ―dijo Aarón.
En pocos instantes Aly volvió a quedarse sola y su mente trató de analizar lo que había pasado instantes atrás.
Si Pottier no hubiera interrumpido, a esa hora tendría que estar arrepintiéndose de haber hecho el amor con Aarón. Él estaba a punto de follarla sin contemplaciones sobre su propio escritorio y ella sólo pudo responder jadeando como una gata en celo, dichosa por la posibilidad de entregarse a ese hombre.
La joven caminó hacia la ventana y la abrió para que entrara el aire fresco de la tarde y calmara el calor de su cuerpo insatisfecho.
Todavía no podía creerlo.
Había estado a punto de permitir que Aarón Cassidi, el hombre más horriblemente arrogante y espantosamente sexy del mundo le hiciera el amor a tan solo unas pocas horas de conocerlo.
¿Qué te pasa, Aly? Tú nunca habías actuado de manera tan irreflexiva y tan impropia. Nunca te has entregado a un hombre casi desconocido y nunca has actuado de manera imprudente en cuanto al sexo.
Pero también era cierto que jamás se había sentido tan atraída por un hombre como por él. ¿Por qué? Si ni siquiera se llevaban bien. Quizás era que llevaba mucho tiempo si un hombre… No. Eso no era, pues jamás había sido tan apasionada con nadie, incluso se llegó a considerar fría. Tal vez eran los astros o la posición de la luna y el sol: tendría que ser algo así porque no conseguía explicarse nada de otro modo.
¿Y él? ¿Qué lo había llevado a comportarse así? Bueno, sin duda la deseaba: cuando había levantado el rostro hacia él y había visto el deseo notó que la atracción era mutua. La forma en que la había tomado en los brazos, en que la había besado, en la que había tocado y probado sus pechos casi que con adoración no podían ser falsas: quizás en un primer momento había tratado de humillarla con su beso, vengarse por la forma en que lo había desafiado en la mañana, pero la forma en la que se dieron las cosas demostró que la atracción entre ellos era total.
Sí, ella había quedado frustrada por la interrupción de Pottier, pero él también, pues la deseaba tanto como ella a él.




4 comentarios:

  1. Muy bonito, Chantal. ¿No te has planteado presentarte al concurso de novela erótica de Ediciones Irreverentes? Hoy me han llegado las bases por email, pero no es el subgénero al que yo me dedico. Abrazos,.

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  2. Gracias Olivia
    Esta escena hace parte de una novela que está por ser publicada en una editorial digital, pero de todas maneras me interesa lo del concurso. :D
    Buscaré las bases, pues tengo más escritos como este.
    Un abrazo y gracias por estar aquí. w-)

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  3. Guau
    Que escena
    Y si así es el resto de la novela vale la pena leerla ;)

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Chantal Paulette