Lyzz es una de las modelos más hermosas de la agencia, y Jeff, el fotógrafo más talentoso, siempre la ha deseado. ¿Qué pasará cuando el destino los obligue a trabajar juntos: ella posando sensualmente para un anuncio de un motel y él fotografiándola?
Lizz entró al vestíbulo del lujoso motel Love Paradise y se dio cuenta de que no era un motelucho como mucho otros de la ciudad: no. Este tenía clase, estilo y distinción. Sin duda era un muy buen lugar para tener una aventura.
Pero ella no iba a tener una –no había tenido una en años. Ese no era el motivo por el cual ahora estaba allí.
Caminó sensual y elegante hasta la recepción donde había un hombre de avanzada edad.
—Buenos días —dijo la joven.
El hombre levantó la vista y vio la hermosa joven que estaba frente a él. Era mucho más hermosa que las jóvenes que acostumbraban a caer por allí con sus novios o amantes de turno. Esta era muy hermosa. Alta, con un cabello larguísimo de color caoba, una piel aceitunada seguramente por lo rayos del sol, y un cuerpo para quitar el hipo. El rostro también era excepcionalmente bello. Su bellísimo rostro lucía unos ojos castaños claros alargados de manera exótica. La nariz era respingaba y los labios redondos invitaban al beso.
De repente el hombre la reconoció.
—Lizz Bendek —dijo él—. La modelo. Sí, usted viene a hacer las fotos de la publicidad.
La joven hizo lo mismo que hacía siempre que algún extraño la reconocía en la calle o en el supermercado: sonrió y bajó el rostro en señal de humildad.
—Sí, señor. Soy yo. Quisiera saber si el grupo de la agencia ya llegó. Quedamos de vernos aquí.
—Sí, señorita. Desde muy temprano. En la suite presidencial. Es toda de ustedes, nadie los va a molestar mientras hacen la sesión de fotos. Sin duda tener una publicidad con una modelo tan hermosa y llena de fama como usted hará que este lugar reviente de gente —dijo el hombre mientras le entregaba la tarjeta que abría la puerta de la suite—. Siéntanse como en su casa, y si requieren de algo, sólo pídanlo.
—Muchas gracias —dijo la muchacha tomando la tarjeta.
Mientras la dama se dirigía al elevador, el hombre pensó que ese maldito fotógrafo tendía mucha suerte.
***
A la vez que se dirigía a la suite presidencial. Liz había creído que el lugar era mediocre, pero se veía que no. Era lujoso y elegante. ¿Por qué querrían que una modelo famosa hiciera publicidad? Quizás a pesar de lo bueno que era no tenían muchas visitas: quizás mucha competencia.
Todavía se preguntaba por qué había accedido a hacer unas fotos para un motel. Había participado en muchas campañas publicitarias desde los dieciséis años: jabones, shampoos, cremas hidratantes, cosméticos, ropa interior, trajes de baño. Pero nunca para un motel.
Era cierto que el trabajo no abundaba, más para una modelo que rodeaba los treinta, pero no le iba mal. Quizás había sido la insistencia de Karl, su agente, que prácticamente le había rogado que las hiciera. No sería nada vulgar: unas cuantas fotos en ropa interior y ya. Por eso había aceptado.
Llegó a la suite y abrió con su tarjeta.
—Hola. Ya llegué —dijo indagando, pero al parecer no había nadie. Era extraño, el hombre había dicho que el grupo ya había llegado. Y así debía ser porque junto al sofá de la pequeña sala había una lámpara y notó también otros instrumentos. ¿Dónde estaban?
—Hola, Lizz.
Lizz se giró medio sorprendida y medio enfadada. No podía ser.
—Jeff —dijo con tono enfadado.
—Karl me dijo que me encargara de este trabajo.
El hombre caminó hacia la lámpara y comenzó a calibrarla ignorando a la mujer por completo. Lizz estaba atónita y furiosa. Karl sabía que nunca se había llevado con Jeff. De hecho se odiaban. Odiaba a cualquiera que se creyera más que los demás. Su única experiencia con él le había enseñado que era un maldito perfeccionista que no estaba contento con nada. No dejó de regañarla ni un segundo, de dejarla como una incompetente con el resto del equipo y de hacerla sentir como una estúpida. Había salido tan herida y enfadada que había solicitado a Karl nunca más volver a trabajar con él. Y así había sido hasta ahora. ¿Por qué? Maldición. Y pensar que antes de conocerlo había pensado que era el fotógrafo más atractivo y sexy que tenía la agencia: podría haber pasado por modelo. Sí, lo había deseado como una tonta eclipsada por un hombre guapo y viril: había deseado sus besos y sus caricias.
Pero era mejor no pensar en eso. Confiaba en que la horrible situación de aquella vez no se repitiera; al fin y al cabo habían pasado cuatro años. Quizás el resto del equipo hiciera que se limaran las asperezas y se pudiera trabajar en paz.
—¿Y los otros? —preguntó extrañada al no ver ni oír a nadie más.
—Si por los otros entiendes iluminista, maquilladora y vestuarista, te puedo decir que son inexistentes.
—¿Qué?
—Lo que oyes. Karl quiere poca gente en este trabajo: sólo tú y yo.
No podía ser. Karl no podía hacerle eso. ¿Por qué? Siempre había sido una modelo responsable y profesional.
—Es que eso no puede ser.
—El mismo Karl lo arregló.
Lizz no podía soportarlo. Abrió su bolso, sacó su teléfono móvil y telefoneó a Karl.
—Lizz, ¿cómo va la sesión? —preguntó Karl al otro lado.
—Horrenda. ¿Cómo quieres que vaya si no hay maquilladora ni vestuarista?
—Mira, pequeña. Lo siento, el dueño del hotel no quiere un montón de gente haciendo bulla mientras sus clientes se divierten. Así que sólo estarán Jeff y tú.
—¿Y por qué… por qué…? —preguntó sin ser demasiado evidente sobre su desagrado por su compañero.
—¿Por qué Jeff? Nick y Ben están de viaje. Luz está en otra campaña. Y el mejor de todos es Jeff, si las fotos salen magníficas el dueño del hotel prometió una excelente comisión.
Karl se oía tranquilo y práctico. De hecho así era. Había sesiones que sólo requerían de la modelo y el fotógrafo. Parecía que esta era una de esas veces.
—Oye, pequeña, no te enfades. Ganarás mucho con estas fotos. Trabajarán toda la mañana y todo habrá terminado para el mediodía. Sé buena niña y posa para esas fotos.
¿Tenía otra opción? Ninguna. Tendría que hacer el maldito trabajo.
—No te enfades, un beso —se oyó la voz de Karl ante el silencio de Lizz antes de cortar la comunicación.
La joven guardó el móvil en el bolso y se giró para ver cómo iba Jeff. Estaba observándola con una media sonrisa en su sensual boca, una sonrisa que hizo que Lizz estuviera a punto de soltar el bolso.
—¿Qué te dijo Karl?
—Que trabajaremos toda la mañana.
—Así es. Apúrate a cambiarte. En el baño está la valija con todo lo que debes usar —dijo él señalando una puerta.
Lizz sabía que no tenía escapatoria. Debía hacer esas fotos. Con resignación caminó hacia la puerta que Jeff le había señalado antes. Pero ya no era la misma novata tonta de hacía algunos años. No. Si Jeff la gritaba, ella le demostraría que también podía gritar.
—No te demores —dijo Jeff.
—No me exijas rapidez —dijo ella girándose hacia él furiosa—. No tengo la culpa si no hay vestuarista ni maquilladora.
Jeff sonrió al saberla furiosa. Era hermosa. Sus mejillas se habían puesto rojas ¿serían igual cuando estaba excitada?
—Si quieres puedo ser tu vestuarista y maquillador.
Ese comentario aumentó la furia de Lizz, quien sin decir nada más se giró para entrar al cuarto y cerrar la puerta de un golpe.
Sí, era perfectamente hermosa, se dijo Jeff, mientras observaba el hermoso trasero de Lizz. Tan redondo, tan perfecto que deseó acariciarlo con sus palmas. Su cuerpo era hermoso. Sus pechos redondos
Lizz estaba hermosa y tan deseable como siempre.
La había visto en revistas desde que era una adolescente y desde ese momento la había deseado. Cuatro años antes, había tenido que fotografiarla y había sido tortuoso tener que controlar su cuerpo mientras enfocaba una y otra vez a la mujer que había sido la protagonista de la mayor cantidad de sus fantasías eróticas. La había imaginado desnuda bajo él, pidiéndole que la besara, que lamiera sus pechos mientras la penetraba con renovado fulgor. ¿Cómo se había controlado aquella vez? Gritándola. Desfogando en ella su ira hacia sí mismo. Haciendo que ella lo odiara como lo odiaba ahora. Sí, la había gritado que no era sexy, que esa pose era ridícula, que no era buena modelo: eso se lo había gritado más a sí mismo, tratando de convencerse esas falsas palabras.
Pero cómo le gustaba. En aquella ocasión a duras penas había controlado la erección que había luchado por adueñarse de su verga: había mucha gente, estaba trabajando, además no se conocían muy bien y ella podría pensar que era un maldito pervertido sexual.
Y ahora iba a volver a fotografiarla. Pero estaba vez no habría nadie más: ni iluminista, ni asistente de dirección, ni nada. Solos. Y no sabía si de nuevo podría controlar la erección que lo había rondado desde que ella había llegado. Pero la pregunta era ¿tendría que controlarla?
En le baño había una lucha similar. Lizz había entrado furiosa ante la insinuación de Jeff. Furiosa y excitada.
Por un instante, había imaginado las manos grandes y fuertes recorriendo su piel, quitándole la ropa y había sentido una fuerte punzada de deseo en su vientre: un calor líquido que acechaba su concha y sus pezones.
Sacudió la cabeza como si con eso fuera a sacar la creciente excitación. Tomó la valija. Había siete bolsas: cada una con lo que debía lucir.
Lo primero fue un short casi diminuto y una blusa con un escote muy profundo. Se cambió rápidamente y se maquilló. En cuanto antes terminara con todo, mucho mejor.
Al salir del cuarto vio que Jeff había dispuesto las luces hacia el sofá. Seguramente allí serían las primeras tomas.
—Estoy lista.
Jeff se giró y al verla tan preciosa temió que su verga le rompiera los pantalones por la fuerte erección que se había adueñado de ella. Volvió a girarse para que ella no lo notara mientras trataba de obligar a su cuerpo a comportarse. ¿Cómo hacerlo cuando lo único que quería hacer era ir hasta ella, quitarle el maldito short y penetrarla hasta lo más profundo mientras la oía rogarle que no parara?
—Bien. Siéntate en el sofá. Comenzaremos aquí —dijo Jeff haciendo que su voz pareciera calmada cuando en realidad estaba llena de deseo.
Lizz se acercó y se sentó sensualmente, estirando las larguísimas piernas y apoyando la espalda perezosamente.
—No es un comercial de pantimedias —dijo Jeff—. Es propaganda para un motel. Se supone que debes posar sexy.
Ahí estaba de nuevo el maldito bastardo con sus críticas. ¿Quería que posara sexy? Pues bien.
Sin decir nada, Lizz desabrochó dos botones de su blusa y dejó que los abundantes pechos escaparan de ella casi por completo: lo único que quedaba oculto eran los pezones. Luego se recostó sobre el sofá abriendo un poco las piernas y pasó uno de sus brazos sobre su cabeza.
—¿Así está bien? —preguntó.
¿Que si estaba bien? No, no estaba bien. Estaría bien si en vez de estar en el sofá estuviera en la cama, desnuda, jadeante y con él encima penetrando con su gruesa verga la adorable, cálida y húmeda concha una y otra vez mientras lamía su esbelto cuello y las manos de ella acariciaban su espalda. Eso sí que estaría bien.
Jeff sólo asintió y tomó la cámara. Disparó unos cuantos flashes mientras ella cambiaba de tanto en tanto la pose de la joven cambiaba un poco: moviendo las manos, las piernas, los brazos. Cada vez más sexy, más sensual.
—Cámbiate de ropa —ordenó él al finalizar la primera parte.
Lizz caminó hacia el baño para alivio de Jeff. ¿Se daba cuenta esa mujer de lo preciosa que era? Había luchado hasta el límite contra su erección y lo estaba logrando, pero ¿Por cuánto tiempo más?
Ella no se sentía diferente. Su cuerpo había posado sexy muchas veces, pero esta vez era diferente. Era como si estuviera posando para él. Era como si sólo sus ojos fueran a verla. ¡Mira de lo que te perdiste! Parecía haberle gritado con cada nueva postura. Y con ello sólo se había hecho daño a sí misma porque se había excitado. El saberlo a él frente a ella, viéndola casi desnuda había hecho que la calidez se apoderara de su concha, que había comenzado a acumular jugos.
Abrió otra bolsa de vestuario, tratando de alejar de su mente y de su cuerpo la sensación de deseo. Era un traje parecido al anterior, sólo que en vez de blusa, era un top ajustado que resaltaba sus pechos.
Ahora Jeff había puesto una silla en medio de la salita.
—Vas a jugar con la silla como si fuera tu amante —dijo Jeff.
Así que de eso se trataba: seducir a una silla. Y lo hizo. Lizz se sentó en ella de varias maneras, resaltando sus pechos, sus piernas, su cabello. En realidad quería seducir al fotógrafo, no a una estúpida silla.
Y lo estaba logrando. Las constantes punzadas que sentía en el pene le estaban haciendo perder la calma.
—¿Esa es tu idea de sexy? —preguntó Jeff—. Necesito más expresividad en el rostro.
Lizz se enfadó y trató de seducirlo ahora con el rostro.
—Tu boca, hay un problema con tu boca —dijo Jeff.
—¿Qué pasa con mi boca según tú?
—Le falta deseo, le falta expresión. Quiero que luzca como si un amante acabara de besarte apasionadamente.
Lizz se levantó furiosa.
—Pues eso va a ser imposible.
Jeff se acercó a ella.
—No lo creo —dijo antes de tomarla por la cintura, pegarla a su pecho y asaltar su adorable boca con un beso.
Fue arrollador. Los labios de Jeff se adhirieron a los de Lizz mientras la lengua masculina invadía la suave y caliente cavidad. La lengua de ella lo había recibido encantada y había comenzado una danza de placer salvaje. Se acariciaron se lamieron, se succionaron mientras las manos se unían al festín: él la tomó por las nalgas y las acarició mientras la presionaba contra la erección que ya no quería ocultar, a la vez que ella acarició el musculoso pecho. Lizz estaba completamente excitada: sus pezones se habían endurecido y su concha ahora estaba inundada de humedad anhelante.
Pero tan pronto como había comenzado, había acabado. Jeff la soltó y se alejó.
—Creo que ya está solucionado.
En un segundo, Lizz despertó del ensueño. “Eres una idiota, ¿en realidad creías que te deseaba?” se regañó. Él sólo quería hacer que sus labios lucieran distintos para las fotos.
Pero Lizz se equivocaba. Jeff la había soltado porque sabía que el siguiente paso era arrancarle la poca ropa que llevaba y violarla. Si bien era cierto que la había sentido responder y estremecerse, no sabía si había sido la sorpresa o la rabia. Y no quería averiguarlo. Así que se concentró en fotografiarla. Estaba bella: sonrosada, su piel parecía brillar y quiso tomarla en sus brazos de nuevo, pero se contuvo, así como trataba de contener su verga para que no se saliera de entre sus pantalones.
Después de unas cuantas fotos, Lizz había vuelto para cambiarse de ropa. Esta vez había escogido un pijama de satén color rojo. El escenario ahora era la cama. Se acostó en ella mientras él se acercaba con su cámara.
—Debe parecer que quieres sexo, Lizz. Recuerda a qué viene la gente a un motel.
¿Acaso no parecía ya?
—Lo que quiero es terminar con esto —dijo ella apoyándose en los codos.
—Entonces, coopera. Tócate los pezones —dijo él.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Tócate los pezones, deben resaltar sobre la tela. Eso indicará que quieres sexo.
¿Tocarse los pezones? ¿Frente a Jeff?
Sin dudarlo, volvió a acostarse mientras sus manos se apoyaban en sus pechos y comenzaba a masajearlos.
—Sí, así, eso es —decía Jeff mientras ella se masajeaba con suavidad. Sin poderlo resistir más, Jeff se sentó junto a ella y le apartó las manos para tomar él su lugar.
Lizz dejó escapar un gemido de placer cuando sintió las fuertes manos que cubrían sus pechos. Los masajeó con suavidad y a la vez firmeza mientras Lizz agitaba las piernas tratando de rozarse en su parte más femenina. Jeff lo notó y entonces bajo una mano para acariciar una sensual pierna desde la rodilla subiendo por le muslo. Lo siguiente que sintió Lizz fue la boca de Jeff sobre la tela que cubría uno de sus pezones y la mano de Jeff a pocos centímetros de la entrada de su concha.
Y todo acabó.
Jeff se levantó y tomó la cámara, haciéndole creer a Lizz que sólo había sido para las fotos, aunque la realidad era otra: no aguantaría más sin follarla.
De nuevo ella posó mientras él disparaba la cámara una y otra vez. Ella sentía vergüenza y rabia: ese hombre estaba jugando con ella. La seducía sin seducirla. Así que cuando tuvo que cambiarse, se dijo que esa vez sería distinto. Sería ella quien lo dejara caliente. Se burlaría de él como él se estaba burlando de ella.
Eligió el conjunto de la última bolsa. Un tanga y un sujetador de blonda negra, casi transparente. El escenario sería la cama de nuevo. Se acostó.
—¿Y ahora qué Jeff? ¿Crees que debo parecer excitada? ¿O debo lucir como si acabara de tener un orgasmo?
Jeff notó sorprendido que Lizz llevaba una de sus manos hacia su concha y otra hacia sus pechos y comenzaba a acariciarse. Eso era demasiado para él. La verga le dolía demasiado por el confinamiento y por la insistente lucha entre su mente y su cuerpo. Sin poder evitarlo, caminó hacia la cama y se sentó en ella junto a la joven que jadeaba y se tocaba frente a sus ojos. Entonces, una de sus manos se unió a la de ella, a la que acariciaba el clítoris. Sintió la tela húmeda por los jugos de la muchacha. Apartó la delgada tela, introdujo sus dedos y sintió la piel caliente y mojada.
Lizz gimió y se agitó. Ya no podía más. Dejó de tocarse la concha; Jeff ya lo hacía por ella. Con esa mano, acarició el muslo fuerte del hombre y llegó hasta la dureza que tensaba el pantalón. Lo desabrochó y sacó la enorme verga de su prisión. Jamás se hubiera imaginado que fuera tan grande y tan apetitosa. Era larga, gruesa, coronada por un capullo rojo y húmedo. Se le hizo la boca agua por el deseo de lamerlo, chuparlo, pero se limitó a acariciarlo de arriba abajo y de abajo arriba, sintiendo las pulsaciones de deseo y la vibración.
Los dedos inquietos de Jeff ya habían apartado el tanga por completo y ahora jugaban con plena libertad con la concha mojada. Mientras el dedo pulgar rozaba sensualmente el clítoris, los dedos índice y corazón se introducían en la aterciopelada suavidad. Estaba estrecha, caliente, suave, húmeda. Añoró que fuera su pene el que entrara en esa concha y no sus dedos. Pero a la vez su pene recibía las deliciosas caricias de esa mujer.
Lizz gemía más fuerte a la vez que iba llegando al clímax. Se suponía que iba a detenerlo pronto, a dejarlo como él la había dejado ya dos veces, pero no podía: esto era mucho más fuerte que ella. Los dedos de Jeff se iban encargando de eso mientras que ella se excitaba acariciando el pene que deseaba sentir dentro.
—Jeff… más duro, más rápido —rogó.
El hombre no se hizo esperar. Aceleró los movimientos de su mano hasta que sintió que la cueva apretaba sus dedos y los llevaba de más jugos. Lizz gimió su orgasmo mientras su cuerpo se estremecía. Sintió que Jeff se acostaba junto a ella. Sintió la piel caliente de ese hombre contra la de ella. ¿Cuándo se había desvestido?
Se besaron con pasión, mientras Jeff la despojaba de lo que quedaba de ropa. Aunque acababa de tener un espectacular orgasmo, Lizz se había excitado de nuevo al notar la desnudez de Jeff.
—No sabes cuánto he soñado con esto —dijo él con voz ronca mientras lamía el cuello femenino—. Cuantos años soñando con besar tu boca, lamer tu piel, tocar tu hermoso cuerpo, hundirme en ti.
Para Lizz era maravilloso escuchar eso. Ella también lo había deseado, mucho. Las dulces palabras y la sensación de su cuerpo grande y desnudo sobre ella era lo mejor que había tenido en años. Pasó sus manos sobre ese cuerpo magnífico. Músculos poderosos recubiertos por piel sudorosa y caliente. Tocó la espalda y bajó hasta acariciar las poderosas nalgas redondas.
—Me vas a matar —dijo él—. Si me sigues acariciando así, no podré aguantar más.
—No aguantes más —dijo ella.
Y no lo hizo. Con un movimiento rápido enterró la gruesa y poderosa verga en la concha caliente y anhelante.
Lizz gimió al sentirlo dentro de ella. Era enorme. Sintió cómo los músculos de su vagina se iban distendiendo para acomodarlo dentro.
—¿Estás bien? ¿Te hice daño? —preguntó él preocupado.
—Estoy bien —dijo ella.
—Eres tan estrecha. Siento como mi polla separa las paredes de tu coño, como me aprietas con tus músculos cálidos.
—Eres muy grande —dijo ella antes de besarlo y comenzar a mecerse bajo él, señalando que estaba lista para el juego de la pasión.
Jeff no se hizo esperar. Sacó su verga casi por completo para después enterrarla de nuevo en ella con un movimiento lento, tan lento que estuvo a punto de hacerlos acabar a los dos. Después, volvió a sacar el pene para entrar con un movimiento fuerte y rápido. Repitió esto varias veces: una vez lento, otra rápido.
—Jeff… por favor… necesito llegar… —dijo ella interrumpiendo un beso.
—Hazlo, Lizz, córrete para mí.
Los movimientos de Jeff se hicieron más rápidos hasta que sintió las convulsiones de los músculos internos de la concha de Lizz. Las paredes internas se apretaban sobre su verga haciéndole sentir el enérgico orgasmo de su mujer. Y no pudo aguantar más. También él tuvo su clímax, el mejor que había tenido en años, ¿o el mejor de su vida?
Lizz estaba en una nube de felicidad. ¿Cuándo fue la última vez que había tenido un orgasmo? Mucho. ¿Y cuándo un orgasmo así? Nunca. Su cuerpo, ahora lánguido, estaba amodorrado, disfrutando de las pequeñas réplicas que invadían su concha que todavía sujetaba el pene de Jeff. Sintió unos pequeños besos sobre su cuello y su mejilla. Jeff la estaba mimando. Como si fueran amantes, como si se quisieran. Él ahora era tierno, como un novio enamorado que acaricia a su novia después del amor.
—Jeff…
—Shhh no hables. No lo estropeemos.
Era verdad. Cuando hablaban lo estropeaban todo. Pero ¿qué pasaría ahora? ¿Volverían a la enemistad que habían iniciado hacia cuatro años? No, no después de lo que había pasado.
—Sí, Jeff. Tenemos que hablar.
Jeff tenía miedo. Seguramente ella le diría que había sido un error, que no lo quería, que no lo deseaba y que todo había sido producto del calor del momento.
—No fue un error ¿sabes? —comenzó Jeff airado—. Si para ti lo fue, lo respeto, pero no lo fue para mí. Deseé esto durante años, quise que esto pasara y pasó.
Lizz lo miró a los ojos.
—¿Por qué?
—Porque te deseo, ya lo dije.
—No… por qué piensas que para mí fue un error.
Jeff se separó de ella y comenzó a vestirse.
—Porque eres la mujer más hermosa y perfecta del mundo. ¿Cómo puede no ser un error terminar en la cama con un vulgar fotógrafo?
Lizz sonrió, pero él no pudo verla porque estaba de espaldas a ella. Así que ese arrogante pensaba que era la mujer más hermosa y perfecta del mundo. ¿Y él un vulgar fotógrafo?
Caminó hacia él y lo abrazó por la espalda.
—No creo que seas un vulgar fotógrafo. Más bien eres un fotógrafo sexy, guapo, decidido, orgulloso y magnífico amante.
El cuerpo de Jeff se puso tenso y se liberó del abrazo de Lizz.
—No entiendes —dijo él—. No se trata de in revolcón.
Jeff se giró hacia ella. Estaba desnuda y hermosa, quería tomarla en sus brazos y hacerle el amor de nuevo, pero no sin decirle lo que sentía.
—Te amo. Estoy enamorado de ti. Sé que suena ridículo e increíble, pero te amé desde aquel día en que te grité todo el tiempo. Te decía que no eras sexy, ni bella, porque quería convencerme a mí mismo de eso, me tenías medio loco. Lo de ahora fue fantástico… pero…
—¿Pero qué?
—No me amas.
—¿Ya me lo preguntaste? ¿Qué sabes tú de lo que siento? ¿Qué sabes del dolor que sentí hace tantos años cuando me gritaste? ¿Qué sabes de lo sola que me hiciste sentir hoy cuando me besaste y después cuando me tocaste los pechos? Yo no sé si te amo. Sólo sé que te deseo a ti, a tus besos, a tus caricias, que quiero estar contigo y que quiero que me hagas el amor.
Jeff la abrazó. ¿Podría haber algo entre ellos?
—Te quiero —dijo ella—. Tonto, te quiero. ¿Por qué crees que no he tenido novio desde hace cuatro años? Porque no dejo de pensar en el cretino que me humilló.
Jeff la beso. Esta vez con ternura. Caminaron hacia la cama y se dejaron caer.
—Tan grandote y tan inseguro —dijo ella sonriendo.
Él también sonrió.
—Me da miedo.
—La vida es de retos. Anda, sé mi novio.
Jeff rió.
—Se supone que el que lo debe pedir soy yo.
—Pero ya que andas tan indeciso…
Volvieron a besarse y a excitarse. Habían hecho el amor, se suponía que el deseo debía haber desaparecido, pero no fue así. Si al caso se multiplicó.
—¿Y las fotos? —preguntó Lizz
—Mmmm que esperen. Ahora hay algo mucho más importante.
—¿Y qué le diremos a Karl?
—Que necesitamos más tiempo para hacerlas.
Lizz rió.
—¿Cuánto más tiempo?
—No lo sé… quizás cuarenta o cincuenta… años…
Ella rió.
No sabía si Jeff hablaba enserio, pero valía la pena intentarlo.
FIN
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