Capítulo 4
(Fragmento)
(Fragmento)
Aarón entró en la oficina de Aly con estrépito y de la misma manera cerró la puerta tras de sí.
Alysson levantó la vista y lo vio: era notorio que ardía en furia. Y se veía tan o más guapo que esa mañana si es que eso era posible. Su porte era la de un tigre que está a punto de atacar, como si en un segundo fuera a saltar sobre ella para devorarla.
Aly sintió calor al pensar en la boca de ese hombre devorando la suya, en su cuerpo devorando el suyo.
—¿Cómo se atreve a entrar de esa manera a mi oficina? —reclamó la joven poniéndose de pie, haciendo a un lado sus pensamientos y la reacción física ante el hombre.
—Yo entro donde se me da la gana —dijo él avanzando hacia ella.
Aly sintió que su cara se sonrojaba de la furia.
—¿Quién se ha creído? —preguntó ella avanzando hacia él.
—No me creo nadie, soy el mejor arquitecto de esta empresa y de paso de este país y no voy a permitir que una simple principiante como usted me rete de la manera en que lo hizo esta mañana.
Así que de eso se trataba, pensó Aly. Su orgullo herido todavía reclamaba restitución.
—Y yo no voy a permitir que humille a un pobre joven por algo que no tuvo la culpa.
Aarón la observó por unos segundos antes de responderle.
Se veía absolutamente hermosa así, con el rostro enrojecido por la furia y sus ojos verdes echando centellas de ira; y tan valiente, como si no le tuviera miedo a nada ni a nadie. ¿Por qué tenía que ser tan bella y tan briosa? Quiso tomarla en sus brazos y sacudirla hasta que se doblegara a él, hasta que le pidiera que la besara.
—No tiene por qué meterse en lo que no la llaman. El incidente era asunto era entre ese hombre y yo —dijo él.
—No soporto la injusticia y cuando veo que se comete no puedo evitar callarme.
—Más le vale que se calle si no quiere tener problemas: ese joven ahora anda repitiendo ante cualquiera que lo quiera oír cómo la nueva arquitecta tuvo el descaro de hablarse al mejor de todos; y créame que yo no salgo bien librado en ese cuento.
Con que ese era el motivo de su nuevo enfado: seguramente el muchacho había contado los hechos y ahora todos estarían hablando mal de Aarón. Aly no pudo evitar sonreír al pensar en que a ese hombre le habían dado donde más le dolía: el orgullo.
—Se lo merece —dijo Aly—. Una persona que no respeta a los demás y que humilla como usted lo hace merece no salir bien librado en ninguna parte.
—¿Cómo se atreve? —preguntó él frunciendo el ceño al ver la suave sonrisa: quiso borrarla con un beso—. De verdad que es usted imprudente y temeraria.
—Soy justa y defiendo a quienes se ven humillados por personas prepotentes y arrogantes como usted. Y si se presenta el caso de nuevo, lo volveré a hacer.
Aarón estaba cada vez más sorprendido.
Era inaudito.
—Le advierto: no se cruce en mi camino nuevamente porque le va a pesar.
—No le tengo miedo —dijo ella desafiante.
—Pues debería.
—Y usted debería salir inmediatamente de mi oficina, pues no le doy el permiso para permanecer aquí.
—No tengo que pedirle permiso ni a usted ni a nadie para ir por donde se me dé la gana.
Aly estaba estupefacta. Y también cansada. Ya no quería pelearse más con ese hombre, y ya no quería sentir más esa atracción hacia a él a pesar del cruce verbal ofensivo.
—Deje las amenazas que no me dan miedo y salga de aquí inmediatamente.
—Usted no puede obligarme a salir si no quiero —dijo Aarón acercándose más a ella.
—¿Ah no?
Aly avanzó hasta quedar frente a él, decidida a hacerlo salir de una manera o de otra. En ese momento estiró sus manos y las puso sobre el pecho masculino para empujarlo y forzarlo físicamente a salir del lugar. Tenía tanta furia que no pensó que él era más alto y más fuerte que ella, sólo quería obligarlo a dejarla en paz.
—¡Fuera de aquí! —dijo ella mientras trataba, con todas sus fuerzas, de obligar a Aarón a salir.
Pero él era demasiado fuerte y poderoso: los esfuerzos de Aly eran admirables, pero sólo provocó que él se tambaleara un poco.
Sin decir nada, Aarón tomó el control del forcejeo. Cerrando fuertemente sus dedos sobre las muñecas de Aly y la haló hacia sí. En un segundo, el cuerpo femenino quedó apoyado sobre el del hombre.
La joven dejó de forcejear. Sentir ese cuerpo caliente pegado al de ella no traía consecuencias positivas: más bien le hacía volver a vivir el calor del que había sido víctima antes. Levantó su rostro y allí estaba el de Aarón, a pocos centímetros del de ella, con esa boca de labios carnosos y esos ojos dorados que la miraban con… ¿deseo?
Aarón sintió que su verga reaccionó ante la inminente cercanía de esa mujer así como en la mañana o como cuando volvía a recordar su cuerpo perfecto. Esta vez no pudo controlar la erección; ni siquiera lo intentó, pues no quería. Podía sentir sobre él las redondeces perfectos de los pechos y los suaves muslos femeninos.
Y cuando ella levantó su carita hacia él, con esos labios entreabiertos y esos grandes ojos expectantes sucedió: la beso.
